Últimamente he tenido varias reflexiones sobre las heces, caca, mierda o como quiera que se llame o como quiera llamarlo usted. La sociedad en general (menos las moscas, claro está) tienen un rechazo innato hacia la caca. Se habla de "esta mierda", de "¡mierda!", de "vete a la mierda" ... todas expresiones peyorativas. Hay dos principales razones por las cuales denominamos a la caca lo que es ... caca. La primera es porque, estéticamente, es asquerosa: textura blandengue, sin consistencia, es una especie de ameba chiclosa y arrugada. El color tampoco ayuda: marrón caca. Para qué decir el olor: no es ningún eau de toilette (aunque si lo tomamos por el lado literal ... quizás sí lo sea). Evidentemente es imposible negar su parte metafísica: la mierda es mierda, it is shit, it has always been and it will always be (parafraseando a "Brigit" Jones al borde de la razón).
Pero en realidad, lo que más nos produce una mueca rara en la cara cuando vemos o pensamos en caca, es el hecho de que sea lo que sobra del cuerpo. Es lo que no es vital para el organismo, los excedentes, de lo que se puede prescindir, lo inservible, lo desechable, lo inadmisible, lo rechazable. Es todo aquello que ni necesitamos ni queremos. Lo lanzamos por el retrete y que ahí se pudra con el resto de sus amigos y la calaña que la acompaña, que viene a ser más mierda.
A veces pienso, de cuánta mierda mental, social, material, psicológica y verbal estamos cubiertos. ¿Qué tantas cosas necesitamos pensar, tener, actuar, vivir, soñar o decir? ¿Qué tanto necesitamos y qué tanto nos sobra? Todos tenemos algún capricho del que podemos prescindir, alguna ñoñería a la que estamos viciados y nos excusamos en cada momento llenándonos de pretextos para seguir subsistiendo ante las exigencias que nos demandan todas las mierdas con las que nos avasallamos cada día que pasa.
El tema es que tú te preguntes ... ¿Por qué mierda te levantas todos los días?



